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Opinión

  • "El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes", expresó en su día acertadamente Jorge Valdano para colocar el auténtico rol que cumple el deporte, en general, en la sociedad.

     

    En los últimos días, especialmente después de que la RFEF lanzara a las territoriales su nueva propuesta, se ha desatado en todo el país una especie de guerra civil deportiva. Es una lucha desmedida y sin herramientas para afrontar no pocos planteamientos. Para una amplia mayoría, el reciente cambio de rumbo en la manera de terminar los calendarios ha generado una gran disputa, colocándose los intereses particulares incluso por encima de la realidad o la verdadera prioridad de la Humanidad. Y esa no es otra que la salud de las personas, de los deportistas, que en este caso están bien representados hasta ahora por los argumentos coherentes de su asociación.

    Canarias no está ajena a esa insensatez colectiva, a la que urge un vacuna que también está detrás en la jerarquía científica a la búsqueda de la solución de la pandemia. Se pasa por encima de una colección de personas afectadas, que en el Planeta ya supera los dos millones -eso dicen- y que la mortandad por coronavirus sólo en España ya está a las puertas de las 20.000 personas -eso dicen también-. La OMS aún advierte que no es el momento de desactivar alarmas; al contrario, se deben ajustar más.

     

    Lo que ha ocurrido en las últimas horas es una disputa innecesaria, incluso pública, que obvia la principal realidad: tal y como se plantea la vuelta al fútbol competitivo, con los protocolos tan rigurosos que empiezan en China y acaban en la Liga Profesional, el fútbol amateur del país no está ni remotamente en condiciones de asimilarlos. Eso lo saben los dirigentes, los técnicos, los federativos, los jugadores, los periodistas y hasta los propios aficionados que conocen los rincones de los campos modestos de Canarias y del resto de España. ¿Quién se va a responsabilizar si se produce un rebrote que comience en un campo de juego, en un vestuario, en un entrenamiento o en la guagua de transporte?. Por no hablar de los gastos de prevención que genera una 'operación vuelta' tan compleja y precipitada aunque sea en modelo abreviado. ¿Están cerradas todas las garantías que otorguen la prioridad sanitaria?.

     

    Esa realidad la han visto con claridad en otros países donde es inviable ahora el regreso a la actividad deportiva, como tantas otras. Allí ya no se habla de si ocho o diez equipos tienen derecho a la promoción de ascenso. De si a un club le faltan puntos o tienen partidos menos; si cercenan las posibilidades con un final anticipado ... Si la clasificación válida es la primera vuelta o hay que esperar a la resolución por una alineación indebida. Los países en las circunstancias actuales, necesitan grandes líderes, auténticos jefes que dirijan de manera inequívoca un caos global como el actual. Que sus decisiones no estén condicionadas para contentar o en la búsqueda de futuros votos, los que se ganan o pierden.

     

    La incertidumbre que sigue generando en el fútbol amateur la RFEF, unida a los efectos del coronavirus en todos los rincones de la sociedad, está sacando incluso lo peor de cada uno. En otras latitudes el problema está resuelto porque "ahora no es el momento de pensar en el fútbol, sino en salvar vidas". Francia cerró su competición amateur esta semana, como antes hizo Portugal e Italia. Bélgica, incluso, la profesional. Así uno tras otro, mientras España aparecen balazos.

     

    Si organizaciones como el Tour, la Eurocopa, Roland Garros, Wimbledon o los propios Juegos Olímpicos se han visto obligados a ver la realidad y no jugar con la salud de nadie: ¿Qué espera el fútbol aficionado aquí?.

    ¡Hablen claro de una vez!. Y no pongan la salud en una barra de equilibrio.

     

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