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Opinión

  • En la oleada del coronavirus y su diluvio de constantes noticias, la UD Las Palmas y el fútbol nacional despidió hace unos días a uno de los técnicos con mejor curriculum en la Segunda División: Benito Joanet Giménez. Entre sus muchos logros en los banquillos sumó cinco ascensos a la máxima categoría con cinco equipos diferentes: Castellón, Cádiz, Mallorca, Tenerife y Espanyol. Ahí es nada, con lo complejo que siempre ha sido la división de plata.

    En esos éxitos que son eternos está el segundo asalto del CD Tenerife a la élite, casi tres décadas después. Se convirtió en héroe iniciando con su ascenso el mejor ciclo del club blanquiazul, con Javier Pérez al frente del club.

    Joanet fue elegido por la UD Las Palmas en una de sus temporadas más extrañas, con un dramático final que la colocó por primera vez en la Segunda División. La magia de Joanet con aquellos otros clubes no funcionó con los amarillos porque, bajo su dirección no consiguió ganar en alguno de sus diez encuentros.

    Al rememorar aquella campaña, con cinco técnicos pasando por el banquillo del equipo, hay hechos que merecieron un aprendizaje porque no el descenso no fue fruto de un mes o de una etapa concreta. Venía precedida de apuros para la salvación en el ejercicio anterior.

    La secuencia de los resultados que aquel equipo describió fue realmente extraña. Capaz de encadenar cinco derrotas consecutivas como de sumar siete triunfos en ocho encuentros con el recordado Roque Olsen dirigiendo al equipo pese a su enfermedad.

    Pero la verdadera hecatombe vino en la segunda vuelta, donde de enero a mayo el equipo amarillo no ganó un partido en 16 encuentros, sumando sólo tres puntos. Con cuatro semanas, en el Cruz Alta de Sabadell, el equipo sellaba por anticipado su descenso a Segunda B. Pero la Liga no había terminado: estaba inmerso en la salvación como entidad, vía conversión en Sociedad Anónima Deportiva. Ese fue el éxito de la campaña.

    Benito Joanet se fue resignado sin comprender en sus valoraciones públicas cómo se había roto el equipo anímicamente, de ver la ola en las gradas en el momento de reacción a quedar el Estadio Insular casi desierto cuando el declive era imparable.

    Aquella Liga se tragó muchas cosas, eclipsó recuerdos y alegrías de décadas. Los protagonistas, a los que a veces consultamos, no saben explicar qué fue lo que realmente pasó a una plantilla integrada por muchos jugadores que tenían experiencia y otros que emergían desde la cantera. Fue un año durísimo que, por resultados, nos resultaba conocido antes de que llegara este maldito coronavirus.

     

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