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Opinión

  • Esta semana se ha producido un movimiento sencillo, del que nos hemos hecho eco de manera puntual. Se trata de un paso natural en el fútbol insular, que tiene sus orígenes en cualquier momento desde 1949 y que, a nuestro juicio, posee más calado de lo que es en apariencia.

    El traslado de Brian Oliva desde Los Olivos al campo Anexo del Estadio de Gran Canaria ha sido un movimiento cargado de emociones y de intenciones. La emoción de ver cómo un producto de la cantera grancanario puede llegar al destino requerido. Y de intenciones mutuas entre la UD Las Palmas y el Villa de Santa Brígida, de sentirse ambas entidades en el mismo barco. Porque cada club es libre de gestionar sus productos deportivos, proyectarlos donde quiera.

    No es el actual el mejor momento de la cantera. No en el caso de la formación, porque la UD Las Palmas tiene una plataforma deportiva en Segunda División B y otra en Tercera. Y su equipo juvenil de DH sigue en el tránsito habitual. La maquinaria sigue funcionando. Pero el paso formativo no logra tener una proporcionalidad en el salto promocional hacia el primer equipo profesional de la entidad. Sin duda, es el peaje de año y medio pésimo con el descenso y la necesidad pública del club en renovar por completo la plantilla que ahora está en manos de Manolo Jiménez.

    Lo que ha hecho la UD Las Palmas con el fichaje o la captación de Brian Cebolla, como se le conoce en el ambiente futbolística, es también decir a todos los jugadores jóvenes que aspiran a lucir esa camiseta que la cantera del club grancanario no está únicamente en casa propia. Que cualquier jugador con talento y en proyección tiene la posibilidad de cumplir un sueño aún cuando las naves están en plena travesía.

    Ese diálogo silencioso de la cantera goza de la virtud del captador y de la gentileza del club emisor. Las Palmas ha emitido un reconocimiento público a la predisposición de colaborar del Villa, "un club señor" dice Tonono Rodríguez. El equipo satauteño tiene la virtud también de conocer sus fronteras, de saber quién le rodea y de defender sus derechos, porque si Cebolla cuaja -como han hecho antes Alex Suárez y Diego Parras-, los mecanismos de solidaridad se pondrán en funcionamiento. De Cebolla se espera mucho en los próximos años, del que dicen que se hablará abundantemente, si confirma en el club representativo de Gran Canaria el talento natural que posee.

    En esa labor del Villa son identificables el presidente Hilarión Rodríguez y su directiva, el director deportivo Miguel Labrador y el técnico Israel Quintana, con sus colaboradores. Porque el Villa, sin las ayudas económicas municipales que otras entidades reciben, se reinventa cada temporada. Sus éxitos de las campañas más recientes en Tercera División están enlazados a la salud de la ‘vieja guardia' que pinta aquel vestuario, un grupo de jugadores que compite y enseña a sus delfines. Y su fe en la cantera. Cebolla no es el único y los ojos de la UD siguen silenciosamente mirando todos los rincones del fútbol insular.

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