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Opinión

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    En dos momentos distintos en apenas cuatro años, Paco Herrera va a hacerse cargo de dos propuestas de retorno a la Primera División de la UD Las Palmas. Y en ambas encontró dos caras distintas del club grancanario, al que admira desde tiempos en que era futbolista profesional.

    En 2014 llegó a la Isla para levantar la moral de una plantilla profesional que estaba enrabietada. No había disfrutado del verano después de que aquel 22 de junio se le escapara de los dedos el ascenso.

    Herrera vino en son de paz, encontró desde inicio fórmulas dispuesto a unir todas las piezas y a empezar de nuevo. Un año después, con sus vaivenes propios del campeonato, su cuerpo técnico consiguió el objetivo y con él se desató la fiesta más importante vivida desde que se inaugurase el Estadio de Gran Canaria.

    En 2018 llega con un panorama totalmente distinto, pero en la búsqueda del mismo horizonte. Lo que encuentra es, sin duda, la mejor plantilla de las confeccionadas en la actual Segunda División. Un grupo de futbolistas que con una mala administración de sus recursos en catorce jornadas ha pasado de la mirada altiva a la frustración.

    Sus dos llegadas coinciden en lo mismo: reconstruir empezando desde la propia moral del jugador. Y en lo deportivo vale para 2018 lo que dijo en su aterrizaje un cuatrienio atrás: "El primer objetivo es que Las Palmas sea un equipo fiable; sólido en defensa y que ataque de verdad".

    Ese diagnóstico le viene que ni pintado. Y herramientas tiene para ello. Herrera cuenta, además, con una ventaja adicional. Porque sus ojos siempre han estado en Gran Canaria. Angel Rodríguez, su escudero fiel, conoce bien todos los rincones del actual proyecto y tiene información de primera mano sobre cómo está la primera plantilla y también la del filial.

    Paco Herrera es el último héroe de la UD Las Palmas, el entrenador que con su don de gentes, oídos abiertos, reflexivo y conocedor del fútbol de Segunda deberá estar llamado a enderezar esta vela que se caía a cachos en cada jornada.

    De Grecia han venido los dos últimos técnicos del club grancanario. El primero se marcha sin dejar prácticamente nada: un par de buenos resultados, poco fútbol y la sensación de que cualquier equipo podría ganar a los amarillos. El siguiente ya sabe lo que es la UD, cómo le gusta el juguete esférico y lo que su afición ambiciona cada semana.

    Le quedan 28 partidos por delante, con la incógnita propia de saber si lo cedido en los 14 primeros es ya una pérdida con consecuencias finales. 28 encuentros y un reto que ningún otro técnico ha logrado: llevar dos veces a la UD al Olimpo del fútbol patrio.

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