
La UD fue desleal en Albacete a los propios conceptos que le han llevado a estar tan alto en la clasificación. No estableció la tensión para el robo cercano al área y, más tarde, se atrincheró como equipo chico. Hasta que el gol del Albacete le hizo despertar, pero ...
Manuel Borrego
Ni el propio Paco Herrera pudo explicar con rotundidad por qué la UD Las Palmas fue un equipo irreconocible este sábado, posiblemente su más decepcionante actuación desde el derbi en el Heliodoro. Aquello estaba lejano en el tiempo, en la primera vuelta. Porque hay maneras de perder: hacerlo a raíz de una decisión injusta que desprotege la nobleza del deporte como ocurrió en Lugo; caer ante un gran equipo al que le salvaron antes los postes como fue el Betis; o ceder por una racha de despistes después de perdonar como sucedió frente al Osasuna. En cualquiera de esas derrotas, en algún momento antes del duro golpe, el equipo que ha liderado 22 jornadas la división de plata había desaparecido. Al contrario, pudo ganar cualquiera de los partidos que damos como ejemplo.
Pero este sábado no ocurrió así. La UD Las Palmas que ha deslumbrado en tantas jornadas, que ha logrado rescatar el orgullo de una afición herida por el sucedo del pasado ejercicio, el equipo pujante, alegre, vertical y goleador ... ese conjunto no 'viajó' al Carlos Belmonte. Le suplantó un once totalmente irreconocible. Sí apareció levemente, sin embargo, después de que el Albacete le hundiera una daga hasta las profundidades de sus conceptos. Tampoco los propios jugadores supieron explicar tras el encuentro el por qué Las Palmas decidió esperar acontecimientos, meterse atrás más tarde como equipo pequeño y renunciar a todos los principios que le han llevado a tanta altura.
Desde el primer minuto se pudo presenciar que había un detalle que sobresalía sobre el resto de los parámetros del partido: el Albacete salía jugando desde su posición más retrasada sin encontrar la oposición de los amarillos. Las Palmas no fue el equipo que presionaba, que mordía, que robaba balones en las cercanías del área adversaria para encontrar luego soluciones a modo de disparos.
Pero es que, más tarde, incluso empeoró sus prestaciones en el terreno de juego. En vez de avanzar metros en la segunda mitad, los retrasó. Alineó dos cuartetos paralelos, uno frente a otro, como equipo temeroso, que seguía en manos de un Albacete cada vez más crecido. La presión, si la había, era muy lejana para luego recorrer metros y metros, en la mayoría de las ocasiones con un esfuerzo asimétrico donde predominaba la individualidad. No es un problema de diseño de una táctica; es un déficit en la ejecución de la misma, la mentalidad con la que se ejecuta.
La UD Las Palmas de este sábado no fue el equipo fiel. Apareció cuando tenía sobre sí una pesada carga. Se lanzó al cuello del Albacete cuando tenía el marcador en contra pero, también, estaba en una contrarreloj. Las prisas no son el mejor acompañante para un equipo que aspira a tanto y por eso, tanto decepciona. Si temía perder reaccionó tarde y perdió.
La otra cuenta atrás ya ha comenzado. Sin presión al oponente como hemos conocido durante muchos momentos de esta temporada se harán más difíciles la victorias. Y sin victorias no hay Paraíso.



