Publicidad
Publicidad

Opinión

La cultura del éxito y la nueva UD

  • EL OTRO PARTIDO
  • 03/06/2019 - 10:31
La última formación de la UD Las Palmas en el estadio de Gran Canaria, con jugadores del filial y profesionales (C. Torres)

Manuel Borrego


Una de las reflexiones más acertadas de los últimos tiempos, a nuestro juicio, tuvo como protagonista a Quique Setién en respuestas a Marca tras su salida del Real Betis Balompié. La dirigía hacia la formación de los niños, como foco general de una situación general e institucional donde la cultura del éxito es capaz de devorar todo cuando las decepciones iluminan más que las alegrías. Incluso se lleva al olvido los recuerdos más recientes, sin considerar que la derrota es una opción en la vida.


El ex entrenador de la UD Las Palmas acababa de comprobar en aquel momento cómo el brillo personal de su etapa bética había dado un giro boomerang en dirección contraria. Ya se habían olvidado en la Sevilla verdiblanca de dónde venían y, aún más, lo que habían saboreado en las fechas más recientes como reaparición en competiciones europeas, la desaparición de la angustia por el temor a un descenso, el acercamiento a una final de Copa y batallas excepcionales ganadas en el mismo Santiago Bernabéu o en el derbi en feudo sevillista. Ni siquiera se tuvo en cuenta contra quién estaba compitiendo el Betis: colosos con hambre de éxito.


"Hasta los niños por la calle me decían: Tenemos que ganar hoy como sea, eh", admitió el cántabro después de escuchar a todo un estadio pedir su marcha.


La que denominó cultura del éxito no admite una tregua y mucho menos el error, que es otra opción en cualquier ámbito. Es Setién el mismo entrenador con el que la UD Las Palmas se ilusionó muchísimo antes de caer en la depresión de resultados actuales, que ya encadena dos temporadas y media. Esa misma fase de éxitos se ha interrumpido claramente en la isla, donde se olvida por obviedad el más oscuro momento de la entidad antes de su resurgimiento en la etapa concursal. La parábola que se registra en la cosecha de marcadores está en modo decreciente hasta este final de la Liga 2018-19, donde otros éxitos logrados por el club (deuda cero, cambio de patrimonio con la obra de Barranco Seco, dos filiales en competición nacional escalonados, crecimiento institucional, ...) están ensombrecidos o eclipsados porque esas obras no forman parte de celebraciones populares.


El resultado deportivo y el éxito están asociados, metidos en la piel de muchas gradas. Aquí, en el Villamarín, en el Bernabéu o en San Siro. Todo es parte de esa exigencia tan real que impide ver todo el perímetro escénico de los clubes.


Tras dos años y medio de golpes deportivos, la UD Las Palmas está ya inmersa en un evidente cambio de ciclo. Lo impone su nueva economía pero, también, la crítica interna que amanece en el club: "No supimos administrar nuestro éxito en Primera División" reconoció recientemente el propio Miguel Ángel Ramírez yendo sin querer en la misma línea del técnico al que contrató hasta 2017.


Hay en camino una nueva UD. El club grancanario es ahora como un emprendedor anónimo: no todos reconocen lo que está haciendo ni la apuesta que está emprendiendo. Aún no ha sido capaz de obtener esos resultados que rescaten la ovación o la algarabía, que rescate a los que le dan la espalda. Pero su apuesta, abanderada por Pepe Mel, está dejando entrever la capacidad para regenerarse, a la par de comprender las piedras que no supo sortear en el camino y de recuperar el primer sentido que tuvo desde su fundación. La temporada acaba con un valor añadido en las distintas apariciones de jugadores de su filial que quieren formar el tejido de la próxima empresa del club, que no desentonan en el fútbol profesional y adivinan que algo bueno con ello podría germinar. Y eso, en medio de la decepción, es un éxito que tiene muchos actores anónimos en el camino.


Las Palmas termina esta decepcionante campaña con algo ganado: su nueva ruta, sin prisas y sin la presión externa. Y además comprende, con la ayuda externa de mensajes como el de Setién, que el éxito es el gran impostor que en el futuro tendrá que saber administrar. Porque todo es cíclico ... no ha llegado el fin de los tiempos.