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Opinión

Aparicio y el magisterio del otro fútbol

  • EL OTRO PARTIDO
  • 11/04/2019 - 11:58
Aparicio, en sus comienzos en la UD Las Palmas, el primero de la fila amarilla (Norberto Rodríguez)

Manuel Borrego


Apenas hace una semana la UD Las Palmas y su entorno social decía adiós a una de las figuras más influyentes de su mejor historia. Ernesto Aparicio era un hombre discreto, sencillo, una persona de la profunda Canarias. Atesoraba en él una serie de valores humanos que era capaz de acompasar con sus diversas funciones en el club amarillo.


No fue sólo un jugador. Fue un asesor de humanidad, un hombre con sabiduría de la vida, del pueblo, que supo llevar un mensaje de unidad, de solidaridad, de compromiso y del sentido de un escudo.


Aparicio fue el primer producto del Unión Atlético, antesala de los actuales filiales del club. Mamó por dentro todo lo que representa la UD Las Palmas, se impregnó tanto de ella que hasta su retirada fue masajista, de manera oficial, se le recuerda también como delegado, utillero, asistente técnico, psicólogo y hasta directivo en la sombra. Tuvo de quién aprender. Lo conocía todo y sabía también cuáles eran los mecanismos correctos para que un club modesto como el grancanario estuviera tantos años compitiendo al máximo entre los equipos más grandes del país.


Todo ello, tan difícil de explicar, lo resumió recientemente Germán Dévora en un homenaje íntimo de los ex jugadores y compañeros con su gran capitán. Sus palabras en público fueron: "Gracias por haberme enseñado la profesión de futbolista".


Porque una cosa es ser futbolista y otra distinta, con verdadero calado, es ser profesional del fútbol. Entre la una y otra se navega hacia el éxito, el orgullo y la fidelidad a un proyecto o a una patria chica, como siempre lo fue para los grancanarios ese club tan gigante entre nosotros. Aparicio supo representar todo ello y transmitirlo, como afirma Germán.


El fútbol a nivel profesional, antes y otrora, es tan exigente que todo importa. Cualquier detalle ínfimo hay que cuidarlo, tenerlo atado. De ello se ocupaba también el gran capitán de los amarillos, sea con botas El Gallo o con el maletín para el masaje. Si había alguna anormalidad que deshacía el grupo, lo ponía en aviso o resolvía con un consejo. Incluso se ocupaba en comprobar que el futbolista tuviera el descanso adecuado para competir al más alto nivel; hacía de scouting de la época y avisaba cómo estaba el césped o si había barro en el sitio donde iba a jugar el equipo. Estaba atento si el jugador sonreía o estaba preocupado, animaba como un padre al lesionado para que volviera con más fuerza. Todos los detalles no pasaban inadvertidos.


Capitanes en la Unión Deportiva Las Palmas hubo muchos, incluso con apenas unos meses en el club. Pero una cosa es ser capitán de un grupo de deportistas y otra capitanear un equipo de fútbol. En eso, Aparicio fue el maestro. Habría mucho aún que aprender de su figura.