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Opinión

  • En el pasado mes de abril, en estas mismas columnas digitales alertábamos con rotundidad sobre lo que entonces nos parecía una grave avería evidente en el juego de la UD, aderezada con fragilidad defensiva propia de equipo camino de un caos. La caída en picado era bien visible, aunque se mirara hacia otro lado o se intentara amortiguar con mensajes conformistas. Porque en realidad, aquella llamada de auxilio no necesitaba ser atendida: la más barata permanencia de las últimas décadas en Primera se estaba fraguando y el entonces equipo de Setién tenía deberes bien realizados en la pletórica primera vuelta de la pasada campaña.

    Aquellos males no se abortaron en tiempo cuando había datos suficientes para hacerlo o intervenir. La permanencia serena aplacó todo y la esperanza del nuevo ciclo residió en el grupo. Sin embargo, comprobado está, ese virus pasado los meses ha seguido instalado en el juego y ahora en el ánimo, atravesando una campaña a otra peligrosamente. Y, además, hiriendo por inercia con gravedad la primera palabra elegida en 1949 para bautizar al equipo: la Unión.

    La misma UD decadente de abril está ahora caminando sobre un alambre, titubeante y cada más alejada de sus aficionados, los que le han llevado a la Primera División porque parte de los éxitos empieza en la grada. Hay que mirar con detenimiento las caras de los futbolistas, escuchar sus comentarios públicos y observar su comportamiento en el campo de juego para percatarse que el problema es muy serio, por muy lejos que esté la jornada 38 del campeonato.

    El fútbol que atesoran los jugadores de la actual plantilla no ha muerto. Eso es imposible. Sí, en cambio, andan enfermas sus cualidades como grupo, como ya hemos resaltado en otras ocasiones. Y sin el grupo, las individualidades también se diluyen en una división donde no se concede el perdón para el despistado.

    Manuel Márquez ha definido de pasada lo que en realidad ocurre entre el banquillo y el equipo: "Mi mensaje no llegaba a los jugadores". Dijo esto después de dimitir. Podrían haber mencionado el mismo argumento tanto Paco Ayestarán, al menos parcialmente en su entrada como técnico, como también el saliente Quique Setién, cuyo último periodo en la isla apenaba. Y ahora añadimos: el débil mensaje del equipo hacia la grada es todavía peor síntoma que el futbolístico.

    En el seno del club es complicado una reflexión con tanto ruido en estos momentos. Y difícilmente las medidas van ser efectivas con una apertura de mercado o yendo de un relevo a otro. No es cuestión de si Vitolo, Viera o Remy. Es cuestión de la U de unidad y de la H de humildad. Unidad para remar todos contra la adversidad y humildad para saber que hay que encontrar primero el resultado sacrificando vanidades.

    Y también de otra hache.

     

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